Me ocurre siempre. Cuando intento escribir algo original, puedo esperar a que llegue la inspiración toda la tarde, y sin embargo, cuando uno menos se lo espera, a punto de ir a dormir, aparece de repente esa frase, palabra, e incluso tema que haría temblar hasta al mejor guionista de cine. Lástima que me dé tanta pereza levantarme de la cama en ese momento y escribirlo. Ahora mismo sería rico. Derechos de autor a go-gó, premios literarios de miles de euros y la despreocupación total de no tener que trabajar para el resto de mi vida.
De todas formas creo que trabajaría, aunque claro, sin la presión de tener un jefe detrás que te está obligando continuamente a mantener unos resultados en la empresa y a cumplir un horario a rajatabla por no hablar de las horas extra impagadas. Lo mejor sería no tener que madrugar, aunque todo el mundo sabe que el mejor momento del día es ese en el que apagas el despertador y dices: "cinco minutines más y me levanto". Puede que no hayas dormido en toda la noche, que no hayas encontrado una postura mínimamente cómoda, pero esos cinco minutos lo compensan todo. Hasta que suena el despertador, y vuelves a apagarlo. Luego te arrepientes claro, cuando sales corriendo por la puerta de casa con el desayuno saliéndote por el esófago y prometíendote que a la mañana siguiente te levantarás a la hora, aunque sepas de sobra que irremediablemente te volverás a dormir.
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